Una ola de calor se define como un periodo prolongado con temperaturas significativamente superiores a lo habitual, acompañado en muchos casos de alta humedad, que puede extenderse durante varios días o incluso semanas. Este fenómeno ocurre cuando sistemas de alta presión en la atmósfera retienen el aire caliente cerca de la superficie, impidiendo la entrada de corrientes más frescas.
Entre sus principales efectos destacan los riesgos a la salud, como deshidratación y golpes de calor, especialmente en población vulnerable como niñas y niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas. Además, incrementa la probabilidad de incendios.
Para prevenir afectaciones, especialistas recomiendan mantenerse bien hidratado, aún sin sentir sed, y evitar bebidas alcohólicas o azucaradas. También es importante limitar la exposición al sol entre las 12:00 y las 18:00 horas, usar ropa ligera, de colores claros y telas naturales, así como protegerse con sombrero, gafas y bloqueador solar.
En el hogar, se sugiere mantener cerradas ventanas y persianas durante el día para conservar espacios frescos, y abrirlas por la noche para ventilar. El uso de ventiladores o aire acondicionado puede ayudar a regular la temperatura.
Asimismo, se aconseja consumir alimentos frescos y ligeros, como frutas y verduras, y prestar especial atención a personas vulnerables y mascotas.
Entre los signos de alerta por golpe de calor —que requieren atención médica inmediata— se encuentran temperatura corporal elevada, piel roja y caliente sin sudoración, dolor de cabeza intenso, mareos, confusión o pérdida de conciencia.