Cientos de variantes genéticas pueden aumentar la predisposición a desarrollar obesidad en la población mexicana; sin embargo, estas por sí solas no determinan que una persona padezca esta enfermedad, explicó la investigadora emérita del Laboratorio de Inmunogenómica y Enfermedades Metabólicas del Instituto Nacional de Medicina Genómica, Lorena Orozco.
En entrevista, la especialista indicó que distintos estudios científicos en los que participan investigadoras e investigadores del Inmegen han evidenciado que la obesidad surge de una compleja interacción entre la herencia genética, el entorno y diversos procesos biológicos que regulan el organismo.
Detalló que en México se han identificado múltiples variantes genéticas que influyen en el funcionamiento de genes relacionados con el metabolismo y el equilibrio energético del cuerpo. Aunque estas variantes no provocan por sí mismas la obesidad, sí inciden en mecanismos fisiológicos relevantes, como el almacenamiento de energía, el control del apetito y las respuestas inflamatorias.
La investigadora explicó que muchas de estas variantes también se encuentran en otras poblaciones del mundo; no obstante, algunas son características de la población mexicana. Desde una perspectiva evolutiva, señaló que durante miles de años los pueblos originarios enfrentaron periodos prolongados de escasez de alimentos, lo que favoreció la selección de genes capaces de conservar energía, conocidos como “genes ahorradores”.
En la actualidad, estas variantes interactúan con un entorno considerado obesogénico, marcado por el consumo extendido de alimentos ultraprocesados con alto contenido calórico, el sedentarismo y niveles elevados de estrés, factores que elevan el riesgo de desarrollar obesidad.
En este marco, las investigaciones del Inmegen también han avanzado en el campo de la epigenómica, área que estudia cómo factores ambientales como la alimentación, la actividad física o el estrés pueden modificar la activación o silenciamiento de los genes sin alterar la secuencia del ADN.
La doctora Orozco explicó que estos cambios epigenéticos pueden influir en procesos como la inflamación crónica de bajo grado y en la regulación hormonal, lo que repercute en el metabolismo de órganos clave, entre ellos el tejido adiposo, el hígado y el páncreas.
Otra línea de estudio relevante es el análisis del microbioma intestinal, integrado por billones de microorganismos que habitan el sistema digestivo y que participan en la regulación del metabolismo, la inflamación y las señales de saciedad. Cuando este ecosistema se altera —situación conocida como disbiosis— se produce un desequilibrio en el procesamiento de la energía y en las respuestas inflamatorias, lo que puede favorecer el incremento de peso.
La especialista enfatizó que contar con una predisposición genética no significa que una persona esté destinada a padecer obesidad, ya que estas variantes únicamente aumentan el riesgo y requieren la influencia de un entorno obesogénico para que la enfermedad se desarrolle.
Finalmente, Lorena Orozco destacó que el Inmegen mantiene diversas líneas de investigación orientadas a comprender por qué la población mexicana presenta mayor vulnerabilidad a esta enfermedad y a generar estrategias basadas en la medicina genómica para enfrentarla.